|
Manfred Svensson © Copyright 2005, Desarrollo Cristiano Internacional. Todos los derechos reservados. El autor es chileno, miembro de la Asamblea de Dios y autor del libro Ética y política: una mirada desde C.S. Lewis (CLIE 2005). Actualmente reside en Alemania por cuestiones de estudios.
Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla
La celebración de antes y la de ahora
En los próximos días conmemoraremos un nuevo aniversario de la Reforma protestante. Pero antes de pensar en la celebración actual, miremos hacia atrás un siglo y medio, a los aniversarios de la Reforma en la Europa del siglo xix. Estos aniversarios constituían entonces uno de los grandes eventos del año: se celebraba no sólo como un hito de renovación de la fe, sino que además se unía a esto mucho de conciencia nacional y una cierta celebración de la Reforma como inauguración de la época moderna, de ruptura con el orden social anterior, al que se calificaba de «oscuro». La Reforma parecía haberlo renovado todo, y por ende la celebración era de todo orden: de conciencia nacional, moderna y protestante.
Hoy no nos podemos unir a ese júbilo ilimitado. En primer lugar, porque mediante duras experiencias hemos descubierto que cada uno de estos elementos es capaz de convertirse en un caballo desbocado: a la identidad nacional, una vez disparada, le debemos algunas de las mayores tragedias políticas y humanas del siglo xx. A la voluntad irrestricta por ser «modernos» y dejar atrás épocas presuntamente «oscuras», le podemos acreditar otra lista grande de problemas. ¿Y no será posible también que se salga de sus cauces normales ese afán por tener una «identidad protestante»? Así, no es extraño que esas celebraciones grandiosas del siglo xix ahora las miremos con un poco de distancia. Nos parecen un «triunfalismo protestante». Y con razón. Pero entonces —se preguntará más de alguno—, ¿no hay nada que celebrar este 31 de octubre? Sí creo que existen buenas lecciones que aprender de la Reforma. ¿Pero celebrar?, insistirán. Motivos para celebrar también considero que tendremos, pero sólo si somos capaces de aprender dichas lecciones, no, si partimos por una mera exaltación de los reformadores. ¿Éxito o fracaso? Iniciemos por decir una obviedad: los reformadores no fueron protestantes. Esto suena un poco extraño, un poco tonto, un poco evidente; pero es fundamental que entendamos que muchos de ellos fueron, por decirlo así, buenos católicos. No fueron rebeldes que querían salir de su iglesia y fundar una nueva; ni progresistas que quisieran dejar atrás una época oscura en nombre de un futuro luminoso. Sí querían dejar atrás un momento oscuro, pero precisamente volviendo más atrás, más a las fuentes, no desconectándose de ellas, sino volviéndolas a la vida. Sí combatían algo que les parecía oscuro: pero no se trataba para ellos de un pasado oscuro, sino de un presente. Sí querían una iglesia renovada, no una nueva. Ahora bien, los resultados no se dieron como ellos esperaban ni como querían. Su demanda no fue oída, y cuando oída, no fue aceptada. Y así se llegó a la ruptura. ¿Querían eso los reformadores? Como todos sabemos, no lo querían. Y por lo mismo, tampoco lo celebraron. Ésta es una de las primeras lecciones que debemos rescatar, antes de lanzarnos a una celebración sin sentido: los reformadores no celebraron la ruptura con el resto de la Iglesia, ni con la continuidad de la historia de la misma. Y por lo mismo, si en este aniversario de la Reforma hay algo que celebrar, no es eso. Sobre la ruptura se puede tal vez «meditar», no celebrar. Hay un teólogo alemán, Wolfhart Panneberg, que resume esto con una frase muy dura, pero muy cierta: en realidad no tenemos motivo para celebrar el nacimiento de las iglesias protestantes como algo distinto de una única iglesia, porque la existencia de las iglesias protestantes no es una prueba del éxito de la Reforma, sino de su fracaso. Sé que esta declaración es muy fuerte y puede prestarse para malas lecturas, por lo que conviene detenernos un poco más en ella: lo que Pannenberg afirma no se refiere al mensaje de los reformadores, no es que éste constituya el fracaso. Ni es que las iglesias protestantes configuren necesariamente el fracaso. Pero sí nacieron de él, son la prueba de que la Reforma no triunfó donde debía. Porque el mensaje de los reformadores no fue aceptado donde ellos querían: toda la Iglesia. Éste es el fracaso, y de él nació el protestantismo. Para algunos esto tal vez suene demasiado duro, como una forma extremadamente áspera de expresarlo. Pero prefiero partir por esa afirmación un tanto desagradable, porque nos enseña algo que es vital recordar en las iglesias herederas de la Reforma, especialmente en fechas como ésta, en que reflexionamos sobre nuestra identidad y nos sentimos orgullosos herederos de la tradición protestante, a saber, que no somos una realidad autosuficiente ni autónoma. Somos una solución de emergencia. Identidad protestante Lo que acabamos de decir influye en la manera en que entendemos nuestra identidad como iglesias protestantes. Si alguien cree que el nacimiento de dichas iglesias constituye un enorme éxito —el gran éxito de la tarea de los reformadores—, entonces tendrá la tendencia a pensar que la identidad protestante es autosuficiente. En mi opinión, este concepto es bastante riesgoso. Los reformadores igualmente entendieron muy bien que pensar así era un peligro. Por eso, para cumplir su tarea, fueron muy firmes en su intento de apoyarse en toda la historia de la Iglesia, y de esa manera mostraron que no eran autosuficientes, que no puede haber nada semejante a una actitud puramente «protestante». Tal vez el mejor ejemplo de este esfuerzo se encuentre en Lutero, en su reacción cuando sus discípulos le piden que publique una edición de «obras completas» de sus propios escritos. En su prólogo al primer tomo de estos «escritos latinos» (sus obras en latín), afirma: «Por largo tiempo y duramente me he opuesto a quienes querían ver una edición de mis libros.… No quería que los trabajos de los antiguos se vieran tapados por mis novedades y que el lector así se acabara absteniendo de leer a los autores antiguos». Es uno de los muchos textos de Lutero que apuntan a un rechazo de la formación de una «identidad protestante», un rechazo a desligarse de la historia anterior de la Iglesia. Esa es una lección que hoy tenemos que aprender, porque de lo contrario construiremos una «identidad protestante» muy pobre, que consistirá simplemente en ser rupturistas. Que nadie crea que esto es pura teoría. Tiene consecuencias prácticas inmediatas, y las podemos ver hoy en casi todos los países. Quienes consideran al protestantismo como un gran éxito autosuficiente, tienden a definir al protestantismo casi exclusivamente en contraste con el catolicismo. Cuando les preguntan en qué consiste su propia fe, suelen responder haciendo comparaciones con el catolicismo, como si bastara distinguirse del catolicismo para estar en la razón. Y muy pronto esta infantil actitud acaba teniendo consecuencias muy serias: se empieza a dejar de defender ciertos temas, por considerarlos «católicos». A veces esa crítica resulta simplemente cómica y un tanto irrelevante, como cuando alguien dice que no veamos, por ejemplo la película La Pasión, de Mel Gibson, porque sería muy «católica». ¡Cómico, pero irrelevante! Sin embargo, es sintomático de un género de argumentación que también se hace presente cuando se discute temas más serios. Un ejemplo de su presencia en temas de seriedad capital se encuentra en la discusión sobre el aborto. Hace algunas décadas, muy pocas personas de las iglesias evangélicas en los Estados Unidos se ocupaban de combatir el aborto. Entonces un hombre, Francis Schaeffer, se dio cuenta de que esto era una vergüenza, y empezó a movilizar a las iglesias para defender la vida de los que no han nacido. Sin embargo, se topó en un comienzo con una fuerte oposición. Muchos en las iglesias evangélicas consideraban precisamente que eso era un tema «católico», que oponerse al aborto era adoptar una actitud «católica», etcétera, que ocuparse del tema era violar la separación entre iglesia y estado, etcétera. Pero Schaeffer no se cansó de llamar la atención sobre lo tonta de esta respuesta, luchó incansablemente, y hoy, gracias a Dios, también las iglesias evangélicas participan activamente en la defensa de la vida. Sólo he citado este ejemplo, que me parece muy sintomático, pero se podría dar muchos más, y algunos bastante actuales. Porque grupos liberales están fuertemente interesados en hacernos cambiar de opinión en muchos temas, y la trampa que nos tienden es hacernos creer que dichos temas o convicciones son «católicos». Nos quieren hacer caer en la trampa de una «identidad protestante» de carácter autosuficiente, que rechaza todo lo que no es meramente moderno. Que se contenta con criticar el pasado, en lugar de criticar, como los reformadores, el presente. Esa trampa sólo se puede evadir si entendemos que los reformadores no fueron unos rupturistas, si entendemos que no eran unos vulgares críticos del pasado, sino críticos de su propio mundo, y si entendemos que para realizar esa crítica se apoyaron no en su propia identidad, sino en la Biblia y en los testigos de la fe cristiana que ha habido a lo largo de toda la historia eclesiástica. Celebrar un correctivo Hasta aquí tal vez habré dado la impresión de no haber elogiado suficientemente la Reforma. Para que no haya lugar a dudas: también yo celebraré el 31 de octubre. Comenzaré el día escuchando la quinta sinfonía de Mendelssohn, su «Reformation-Symphonie» (con el tema de «Castillo Fuerte»). En la tarde iré a un templo, y escucharé una hermosa pieza de Bach. En algún momento leeré algún escrito de los reformadores. Y no sólo ese día, sino a lo largo de todo el año, estaré intentando conocer mejor nuestra historia, la Reforma misma y la historia posterior del protestantismo. Pero quiero esforzarme todo el tiempo por evitar un error, el error de creer que eso basta, que nuestra historia se agota en eso. Porque esas lecturas sólo pueden ser sanas si a la vez somos capaces de hundir nuestras raíces en la historia completa de la Iglesia, que es a la que los reformadores —que aún no eran protestantes— pertenecían. Finalmente, me permito ilustrar el problema con un ejemplo de Kierkegaard: él dice que la Reforma fue un correctivo, un buen correctivo; pero es trágico cuando un correctivo se convierte en norma. Es como con los remedios: son buenos, ayudan a recuperar la salud; pero es trágico cuando el remedio se convierte en el alimento normal, cotidiano. Ahí se producen otras enfermedades (¡por ejemplo, enfermedades inmunológicas, incapacidad de defendernos!). Aprendamos esa lección de Kierkegaard: no convirtamos a la Reforma en norma, porque no es eso lo que los reformadores quisieron ser; recuperemos a la Reforma como correctivo, porque eso es lo que fueron: un correctivo, una medicina; medicina que sólo tiene sentido cuando uno está dispuesto a volver luego a una alimentación normal. Que los reformadores nos sirvan así para conectarnos con la historia completa de la Iglesia, no para desvincularnos de ella. Así tendremos una identidad bastante más compleja, no tan simple como los que tienen una identidad protestante autosuficiente, pero estoy seguro de que será una identidad de mayor riqueza y más fiel a lo que fueron los propios reformadores.
|